Saltarse las normas

By | 25 junio, 2015

Mis hijos juegan al voleibol desde hace tres años. Tienen un entrenador fantástico, que ha conseguido formar un equipo, enseñarle técnica, cohesionarlo y disciplinarlo. Es estricto con las normas, los horarios y la indumentaria.

geralt © Creative Commons

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En la última concentración, que duraba un día completo, especificó que era obligatorio llevar pantalón largo durante la comida. Dos de los jugadores no lo tenían. No era la primera vez, pero en esa ocasión los mandó a casa a comer, y se incorporaron a la sesión de tarde. Les pregunté a mis hijos qué les parecía. Pensé que quizá defenderían a sus compañeros y argumentarían que el entrenador es demasiado estricto, o que ahora hace calor, o que no entendían por qué no podían comer en pantalón corto. Sin embargo, los dos me contestaron que les había parecido bien: «Yo cumplo, mamá, y si son las reglas tendremos que cumplirlas todos. Yo me ocupo de preparar mi ropa y de asegurarme de que lo tengo todo, y me gustaría que el resto hiciese lo mismo; si no, me siento como si yo fuera el tonto que hace caso». También me dijeron que ahora que hace calor llevar pantalón largo tampoco les gusta; acordamos que quizá podrían hablar entre ellos y proponerle al entrenador relajar esta norma durante el verano.

¿Por qué cuento esto? Saltarse las normas, aunque no estemos de acuerdo con ellas, no supone un agravio para el que las dicta que, por otro lado, generalmente dispone de autoridad para imponer algún tipo de sanción—; es un agravio para tus compañeros, para tus iguales que sí las están cumpliendo. Genera resentimiento y malestar, y erosiona la complicidad y la unidad del equipo. Y esto es exactamente lo que me pasa a mí con el fraude fiscal.

Yo crecí con el lema «Hacienda somos todos», que protagonizó las campañas publicitarias de la Agencia Tributaria allá por 1977, en tiempos de Francisco Fernández Ordóñez. Fue calando en mí como una lluvia fina, hasta el punto de que me lo creí. Y lo sigo creyendo, a pies juntillas. Creo que un país solo funciona si cada uno funciona, asume su responsabilidad y se compromete con el entorno y con la organización social en la que está inmerso. Creo que deberíamos sentirnos un equipo. Pero cada vez que alguien defrauda, esa confianza en tus iguales se rompe.

KreativeHexenkueche © Creative Commons

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Por supuesto, podemos culpar a los políticos una y mil veces, y ponerlos de excusa. Si me siento especialmente herida por los casos sonados de presunto fraude fiscal de personas que son socialmente muy influyentes, y que en algún caso han dictado las normas, es porque me siento como si el entrenador fuera en pantalón corto: o sea, que ¿él sí puede saltarse las reglas pero yo no? ¿No debería dar ejemplo? ¿Me ha visto cara de imbécil? Es todavía más sangrante, no lo niego. Pero al que estamos haciendo daño de verdad si nuestra ira nos lleva a seguir el ejemplo del fraude es al amigo que se ha quedado en paro, o al estudiante sin recursos que ve un futuro universitario cada vez más lejano y más caro, o al pensionista.

Cumplamos las reglas. Hagámoslo por nuestros amigos, por nuestras familias, por nuestros compañeros de trabajo. Y si no nos parecen adecuadas, hagamos todo lo posible para cambiarlas.

 

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About Mónica Hengstenberg

Licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, tiene diferentes cursos de especialización en finanzas. Con más de 20 años de experiencia en el sector de la titulización, ha trabajado en TdA y actualmente forma parte del equipo directivo de Intermoney Titulización. Ha participado en diferentes proyectos de financiación para distintos clientes en diferentes sectores, principalmente bancario.

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